Para que el proceso sea claro desde el primer día, reunimos aquí las definiciones y condiciones que suelen generar dudas. Nada de letra pequeña escondida: esto es lo que puedes esperar y lo que no incluye nuestra labor.
Entendemos la musicoterapia como un acompañamiento profesional que usa el sonido, el ritmo y la voz como herramientas de expresión y bienestar. No es una clase de música tradicional ni una presentación artística: es un proceso guiado donde la persona participa a su ritmo, sin necesidad de experiencia previa ni de saber leer partituras.
No. La mayoría de quienes llegan nunca han tocado un instrumento o cantado frente a otros. Nuestros talleres están diseñados para que el punto de partida sea la curiosidad, no la técnica. Los facilitadores adaptan cada actividad al nivel del grupo, de modo que lo importante es la disposición a explorar, no el dominio previo.
El taller es una experiencia grupal con un objetivo temático: percusión, canto, construcción de instrumentos. La sesión individual es un espacio más íntimo donde se trabaja un objetivo personal concreto, como soltar tensiones, mejorar la concentración o procesar una emoción. Ambos formatos comparten el enfoque vivencial, pero cambian la dinámica y la profundidad del acompañamiento.
Los talleres grupales suelen durar entre una hora y media y dos horas. Las sesiones individuales duran unos cincuenta minutos. La frecuencia depende del objetivo: hay personas que vienen una vez por semana durante un ciclo de ocho semanas, y otras que prefieren encuentros quincenales más espaciados. En la primera conversación definimos juntos un ritmo realista según tu disponibilidad.
Nada. Contamos con instrumentos de percusión, cuerdas suaves, pañuelos y otros recursos que se usan durante las sesiones. Si el taller incluye construcción de instrumentos, nosotros aportamos los materiales básicos. Lo único que pedimos es ropa cómoda y, si te hace sentir mejor, una botella de agua. No hay listas de compras ni gastos adicionales.
Es una preocupación frecuente y totalmente válida. Nadie está obligado a cantar solo ni a ejecutar algo frente al grupo. Las actividades se proponen, nunca se imponen. Puedes participar escuchando, moviendo el cuerpo o acompañando con percusión suave. El respeto por los límites de cada persona es parte fundamental de nuestra forma de trabajar.
Todo lo que se comparte en una sesión individual queda bajo resguardo profesional. En los talleres grupales pedimos a los participantes que no comenten fuera del espacio las experiencias personales de otros. Las únicas excepciones a la confidencialidad son situaciones de riesgo grave, donde nuestro deber es activar una red de apoyo adecuada.
Nuestro trabajo no sustituye un tratamiento médico, psicológico o psiquiátrico. Si durante el proceso identificamos que necesitas otro tipo de apoyo, te lo comentamos con honestidad y te orientamos hacia profesionales idóneos. Tampoco realizamos diagnósticos clínicos ni emitimos informes médicos. Somos un complemento expresivo y formativo, no un reemplazo de la atención sanitaria.
Cada etapa de Queensland Music Therapy ha sido un paso consciente para acercar el ritmo y la exploración sonora a comunidades de Bogotá y otras regiones de Colombia. Este es el camino que hemos construido junto a participantes, familias y aliados culturales.
Todo comenzó con encuentros informales de percusión en una sala comunitaria de la Avenida Carrera 68. Un grupo pequeño de vecinos empezó a reunirse los sábados para compartir ritmos de cumbia y currulao, sin más propósito que el de escucharse y crear juntos.
Tras un año de ensayos abiertos, estructuramos un taller de iniciación rítmica con ocho sesiones. La respuesta superó nuestras expectativas: más de treinta personas se inscribieron, y muchas pidieron continuar con un nivel intermedio que aún no existía.
La pandemia nos obligó a repensar la práctica musical. Creamos guías sonoras para hacer en casa con materiales cotidianos: semillas, latas y botellas. Así nació nuestra serie de construcción de maracas y sonajas, que hoy sigue siendo parte de los talleres familiares.
Dos instituciones educativas locales nos invitaron a llevar el programa de exploración sonora a sus aulas. Diseñamos un ciclo de doce encuentros que combina percusión corporal, canto grupal y creación de instrumentos, adaptado a distintos rangos de edad.
Ampliamos la convocatoria para incluir a adultos mayores y jóvenes en un mismo espacio. La mezcla de generaciones reveló un potencial enorme: los mayores aportaron memoria de ritmos tradicionales, mientras los más jóvenes trajeron curiosidad y nuevas formas de escucha.
Sistematizamos nuestra propuesta pedagógica en un documento interno que hoy guía a los facilitadores. El método pone el énfasis en la escucha activa, el respeto por el tempo propio de cada persona y la creación colectiva como eje del aprendizaje.